El redescubrimiento de la intimidad del ser humano sigue su curso en la literatura con obras nuevas y reforzado con clásicos contemporáneos. Nos detenemos en una parcela de esta cartografía poco conocida o reconocida o escondida.
La exploración y el redescubrimiento del placer en su extensa gama abordados sin prejuicios sigue su curso en la literatura. Una forma de conocer mejor al ser humano y sus restricciones culturales y sociales que conforman identidad y buscan libertad. Dos ensayos, uno reciente y un clásico contemporáneo, y dos novelas sirven de ejemplo:
Sara Torres (España, 1991), autora de las novelas Lo que hay y La seducciónpublica un ensayo en el que explora más allá de la pulsión, del deseo, de la comunicación, de la educación y de lo normativo del binarismo heterosexual. Con un lenguaje claro y dinámico, Torres escribe “con el propósito de adelgazar las imágenes y las ideas que nos inician en la cultura humana de lo corporal y lo sexual en occidente”, para buscar “prácticas gozosas que se alejen, progresivamente, de lo que llama la ‘fantasía hetero-real’, una fantasía identitaria basada en un combate entre opuestos”, señala la editorial.
Extracto:
“La sexualidad como potencia corporal polimorfa no se muestra en estos relatos de lo natural. Se restringe y concreta narrativamente en la representación de la búsqueda pulsional del llamado macho y la disponibilidad, receptividad y llamada urgente a la maternidad de la llamada hembra. Queda conjurada en la imagen de un cuerpo potencialmente violento que penetra y otro potencialmente pasivo que es penetrado. Esto quiere decir que lo sexual, en su calidad de relato, se imprime en la psique de la infancia de forma sintética significando el encuentro entre un cuerpo activo y otro pasivo. En nuestras sociedades no se desea sin imágenes, y una imagen es un anclaje para la libido. La gramática interna de la imagen actúa como referente de repertorio determinando lo posible y lo imposible en la imaginación deseante”.

La cazadora de cuerpos o la ansiedad del deseo
Najat El Hachmi (Destino)
Una novela sobre el modo en que la cultura dominante pervierte y manipula el deseo femenino la escribió hace unos años Najat El Hachmi (1979). Una novela que ha reescrito completamente, cuya clave está en el subtítulo: O la ansiedad del deseo. Un mundo lleno de contradicciones que relata la vida de una joven que se acuesta con toda clase de hombres convencida de que eso es lo que la satisface y la libera. Pero, “cuando empieza a trabajar limpiando la casa de un hombre que la observa y la escucha, se da cuenta de que algo no encaja. Tal vez su caza de cuerpos no sea más que un mecanismo para huir de sí misma”.

A cuatro patas
Miranda July. Traducción: Luis Murillo Fort (Random House)
Desde lo autoficcional, Miranda July (Estados Unidos, 1974) novela sobre cómo una mujer de mediana edad, casada y con hijos, emprende sola un viaje físico que termina en otro más existencial, íntimo, sexual y corporal. Es la primera novela premenopáusica, según The New York Times, donde una mujer explora su cuerpo, su mortalidad y su placer sin prejuicios y como un tipo de libertad.
Extracto:
“Mis amigas siempre me están obsequiando con cosillas así —emails a sus madres respectivas, capturas de pantalla de mensajes sexuales—, debido a mi eterno deseo de saber qué se siente siendo otra persona. ¿Qué estábamos haciendo, los humanos? ¿Qué demonios estaba pasando aquí en la Tierra? Naturalmente, ninguno de estos artefactos tenía la menor importancia; era como querer agarrar el humo por el mango. ¿Mango? ¿Qué mango?
Guardé la nota del vecino en mi mesa. Yo también tenía cosas que hacer, pero siempre encuentro tiempo para preocuparme por algo. Bien pensado, creo que cuando llegó la nota yo ya había empezado a preocuparme por la posibilidad de que alguien nos hiciera fotos desde la calle con un teleobjetivo. Digo «preocupar» y no es el término correcto; más bien «esperar». Esperaba, confiaba en que esto ocurriera y hubiera estado ocurriendo desde el día en que nací; bueno, o algo por el estilo. Si no el hombre ese, entonces Dios, o mis padres, o mis padres de verdad, que de hecho son solo mis padres, o mi verdadero yo, que lleva un tiempo aguardando el momento oportuno de tomar el relevo y mandarme a la papelera de reciclaje. Oh, por favor, que haya alguien lo bastante sensible como para cuidar de mí. Tardé dos días en llamar a Brian, el vecino, porque me apetecía deleitarme en mi posición, como cuando un ligue te responde por fin un mensaje y quieres disfrutar un rato de que la pelota esté en tu tejado”.

Eros y civilización. Una investigación filosófica sobre Freud
Herbert Marcuse. Traducción: Juan García Ponce (Ariel)
Se trata de nueva edición de este clásico contemporáneo sobre el poder de la emancipación humana a cargo del filósofo y sociólogo alemán. Marcuse (1898-1979) parte de la tesis de Sigmund Freud de que la civilización necesita una restricción estricta del “principio del placer”. Pero, basándose en las posibilidades de la civilización llegada a la madurez, el filósofo aduce que la existencia misma de esta depende de la abolición gradual de todo lo que constriña las tendencias instintivas del hombre”. Pero, Marcuse considera que existen los prerrequisitos para el surgimiento de una civilización no represiva: ¿de qué depende que nos liberemos de las cadenas que constriñen nuestros deseos?
Extracto:
“El concepto del hombre que surge de la teoría freudiana es la acusación más irrefutable contra la civilización occidental —y al mismo tiempo, es la más firme defensa de esta civilización. De acuerdo con Freud, la historia del hombre es la historia de su represión. La cultura constringe no sólo su existencia social, sino también la biológica, no sólo partes del ser humano sino su estructura instintiva en sí misma. Sin embargo, tal restricción es la precondición esencial del progreso. Dejados en libertad para perseguir sus objetivos naturales, los instintos básicos del hombre serían incompatibles con toda asociación y preservación duradera: destruirían inclusive lo que unen. El Eros incontrolado es tan fatal como su mortal contrapartida: el instinto de muerte. Sus fuerzas destructivas provienen del hecho de que aspira a una satisfacción que la cultura no puede permitir: la gratificación como tal, como un fin en sí misma, en cualquier momento. Por tanto, los instintos deben ser desviados de su meta, inhibidos en sus miras. La civilización empieza cuando el objetivo primario —o sea, la satisfacción integral de las necesidades— es efectivamente abandonado”.


