Los científicos señalan que no se trata de evidencia de una civilización extraterrestre, sino de ondas emitidas por la aurora de Beta Pictoris b, a 63 años luz de nosotros
os astrónomos han intentado estudiar cada vez más de estos mundos exóticos que giran alrededor de otras estrellas. El objetivo no es solo comprender mejor cómo funciona el universo y cómo se forman y evolucionan los planetas, sino también averiguar hasta qué punto nuestra propia casa es un lugar común o una excepción cósmica. Ahora, por primera vez, los científicos han detectado señales de radio procedentes directamente de uno de estos exoplanetas: un gigante gaseoso masivo llamado Beta Pictoris b. Sus conclusiones acaban de hacerse públicas en un artículo que todavía no ha sido revisado por pares y que está disponible en el servidor científico ‘arXiv‘.
Durante años, los astrónomos han buscado emisiones de radio procedentes de planetas fuera del Sistema Solar. No buscaban pruebas de vida extraterrestre, sino señales producidas por procesos físicos naturales, como la aceleración de partículas cargadas, la actividad magnética de las estrellas o las interacciones entre los campos magnéticos y las partículas que recorren el espacio. Estas emisiones pueden funcionar como una especie de huella dactilar de lo que ocurre en entornos que están demasiado lejos para que podamos observarlos directamente.
El problema es que, aunque se detecte una señal de radio procedente de un sistema planetario, no resulta sencillo determinar de dónde procede exactamente. Puede generarse en la estrella, en su entorno o en alguno de los planetas que la orbitan. Ahora, el equipo dirigido por Kevin N. Ortiz Ceballos, del Center for Astrophysics/Harvard & Smithsonian ha conseguido dar un paso más: ha localizado directamente una emisión de radio en un exoplaneta y, a partir de ella, ha podido medir su campo magnético, una propiedad fundamental de cualquier mundo que hasta ahora resultaba especialmente difícil de estudiar fuera del Sistema Solar.
Las emisiones de radio no son completamente nuevas en el estudio de los exoplanetas. En algunos sistemas ya se habían observado señales que podían proceder de la interacción entre una estrella y sus planetas. Pero distinguir el origen exacto resultaba especialmente complicado, ya que una estrella magnéticamente activa puede producir emisiones similares.
En este caso, los investigadores observaron el sistema de Beta Pictoris en cuatro ocasiones entre 2025 y 2026, utilizando la red de telescopios MeerKAT, en Sudáfrica, detectando señales de radio. Pero, ¿qué las estaba provocando exactamente? Para resolver el enigma, utilizaron como referencias nueve cuásares (objetos que emiten ondas de radio muy potentes) identificados por el telescopio Gaia y un calibrador observado mediante interferometría de muy larga base. Estos objetos, extremadamente lejanos, sirvieron prácticamente como puntos fijos en el cielo. Al corregir con ellos la posición de la fuente de radio, esta coincidió con la posición conocida del exoplaneta Beta Pictoris b y no con la de su estrella.
Es, por tanto, el primer caso en el que una emisión de radio ha sido localizada astrométricamente en un exoplaneta directamente observado, separándola de su estrella anfitriona.
Una aurora a 63 años luz
La siguiente pregunta a contestar era qué es lo que estaba provocando la señal de radio. Y tras analizar las ráfagas, vieron una similitud con un fenómeno que se produce en la Tierra: las auroras. Este fenómeno, que ocurre cuando partículas cargadas chocan contra nuestro campo magnético, provoca, además de una suerte de colores que van desde el verde al violeta, la emisión de ondas de radio. Y nuestro mundo no es el único donde se produce: también se registra en otros planetas del Sistema Solar. E incluso en algunas estrellas del tipo enanas ultrafrías. Y, por la teoría que apunta el equipo de Ortiz Ceballos, también en Beta Pictoris b.
No obstante, en aquel exoplaneta, que además cuenta con el título de haber sido uno de los primeros mundos fuera del Sistema Solar captados mediante imagen directa, si bien el mecanismo sería parecido, las condiciones son muy distintas. El planeta es un gigante gaseoso de unas 12 veces la masa de Júpiter, tiene una temperatura efectiva de unos 1.700 grados y apenas cuenta con unos 23 millones de años, una edad diminuta comparada con los 4.600 millones de años del Sistema Solar. Orbita a unas 10 unidades astronómicas de su estrella (diez veces más lejos que la Tierra del Sol) y completa una vuelta aproximadamente cada 24 años.
Además, gira muy deprisa: las observaciones indican que su periodo de rotación es de unas 9 horas. Los investigadores creen que esta rápida rotación puede alimentar las corrientes eléctricas de su magnetosfera y, con ellas, las emisiones aurorales. De hecho, una de las ráfagas observadas aparece separada de otra por unas ocho horas, aproximadamente el tiempo que tarda el planeta en girar sobre sí mismo.
El invisible campo magnético
Ahora, el hallazgo de las ondas de radio ha aumentado la información acerca de β Pictoris b, concretamente de su campo magnético, que debe ser de al menos 1,25 kilogauss (1.250 gauss). Para hacerse una idea, el campo magnético terrestre es de alrededor de 0,5 gauss. El de Júpiter, el más potente de los planetas del Sistema Solar, también queda muy por debajo de esta cifra en las regiones comparables. β Pictoris b pertenece, por tanto, a un campo magnético extraordinariamente intenso.
Hasta ahora, el campo magnético de los exoplanetas se estudiaba indirectamente; sin embargo, estas mediciones de radio podrían suponer un método directo para observar este ‘componente invisible’ de los planetas que nos dan pistas sobre sus dinámicas internas. El hallazgo también abre una nueva vía para estudiar planetas que se encuentran a decenas o cientos de años luz. Si las emisiones aurorales pueden identificarse y localizarse con suficiente precisión, podrían utilizarse para estudiar la geometría de los campos magnéticos, su inclinación y la interacción entre las magnetosferas y las atmósferas de estos mundos.
